La naturaleza como estudio

Pinto naturaleza. Vivo en ella, soy parte de ella, y siempre que puedo, trabajo al aire libre. Es el espacio donde mi práctica se expande con más verdad, aunque también con sus imprevistos…
He pasado años creando fuera, incluso viví durante nueve en la selva costarricense, y esa experiencia transformó profundamente mi forma de estar en el mundo y de pintar. Allí, mi mano izquierda desarrolló habilidades que antes no poseía, mi psicomotricidad alcanzó una agilidad que superaba incluso la que había adquirido haciendo malabares. Aprendí a pintar desde una atención expandida, conectada con la intuición y la percepción, mientras esa misma mano era capaz de cazar mosquitos con una precisión de lagarto, sin romper el hilo de la creación. Solo me faltó desarrollar una lengua camaleónica para atraparlos al vuelo y alimentarme al mismo tiempo; quizá con un par de años más de práctica selvática habría alcanzado ese estadio evolutivo…
En la selva nunca se está sola. Siempre hay criaturas que aparecen: un animal que cruza, monos que cantan a lo lejos, insectos de formas imposibles, colores que no se repiten y sonidos a veces tan estruendosos que apenas dejan escuchar nada más. Esa abundancia de formas, colores y vida se queda bien grabadita en la retina y termina filtrándose en mis obras, hasta el punto de que, incluso cuando pinto en un espacio cerrado y grisáceo, mis paletas siguen siendo salvajes, expansivas, incontrolablemente vivas y coloridas, no puedo evitarlo….
Pintar en la naturaleza abre momentos difíciles de explicar con palabras. Hay instantes, estados de sintonía difíciles de describir, desaparecen las fronteras entre quien observa y lo observado. Es como una sensación de totalidad, de estar dentro de algo inmenso y vivo, de un estado de conexión profunda, podría llamarlo magia... En ese estado, la naturaleza responde. Aparecen mensajes, coincidencias, presencias.

He vivido escenas que se quedan grabadas como parte del proceso creativo. Una vez, pintando un cuadro para mi hijo —a quien desde su nacimiento le dedico una obra cada año y que aparece en enero de mis calendarios— estaba trabajando una imagen donde su mano y la mía sostenían a un petirrojo que canta, los tres entrelazados…. En ese mismo momento, un petirrojo chocó contra la ventana que da a la huerta. No le ocurrió nada, pero fue como un llamado. Una presencia. Un recordatorio de esa extraña sincronía entre lo que se crea y lo que ocurre fuera del cuadro,
Otra vez, mientras pintaba en el estudio de mi finca-casa, un espacio abierto, protegido al norte de los siempre soplantes vientos alisios que recorren este pequeño pueblo donde habito, un cernícalo entró y se posó sobre un lienzo que aludía al patriarcado. Ese gesto quedó inscrito en la obra para siempre. Como si el propio animal hubiese intervenido la pieza. Desde entonces, ese cuadro habita con esa marca viva, como una herida y a la vez una señal. Lo transformé incorporando esa presencia, como un recordatorio de que la lucha contra las injusticias patriarcales sigue siendo necesaria, y de que la esperanza de un mundo más justo aún respira…
Crear en la naturaleza es aceptar que la vida nunca se puede controlar. El viento mueve los papeles, la lluvia obliga a detenerse, los insectos reclaman su espacio y los animales irrumpen cuando menos se espera. Pero también es comprender que la obra no termina en los límites del lienzo. Forma parte de una conversación más amplia con el territorio, con los seres que lo habitan y con aquello que, de alguna manera misteriosa, parece responder cuando una se dispone a escuchar.