Cómo vendí mi primera obra de arte en Holanda

La primera vez que vendí una obra mía fue en Holanda. Por aquel entonces tenía unos 24 años. Recién terminada la carrera de Bellas Artes, trabajé durante tres meses como obrera de la construcción en el sur de Tenerife. Sí, mi lado oscuro: yo también contribuí al cemento de estas islas... pero esa es otra historia…

Con el dinero ahorrado me fui a Londres para aprender inglés. Después de unos meses allí, junto a mis queridas amigue-hermanas Marta e Isabel, nos hablaron de un teatro ambulante que recorría Holanda durante el verano y que solía necesitar personal para trabajar. Sin pensarlo demasiado, cargamos nuestras mochilas, llenamos el alma de ilusión y pusimos rumbo a ese país construido sobre agua. Al llegar nos encontramos con una sorpresa: no había trabajo para nosotras… Algo decepcionadas, nos tumbamos en un parque junto al teatro De Parade. Allí estábamos las tres, haciendo malabares, dejando pasar el tiempo e intentando decidir qué hacer, con esa ligereza ante los problemas que ya quisiera yo recuperar de aquellos tiempos.

Y entonces apareció Ruben. De esas personas que llegan sin avisar y te cambian la ruta. Nos habló de un proyecto artístico y social llamado Mobiele Zwerfarchitectuur, que trabajaba con personas sin hogar y se desarrollaba junto al teatro. Nos propuso participar. La iniciativa estaba vinculada a un centro de arte de Róterdam y a una iglesia con una mirada profundamente humana hacia las personas en situación de exclusión. La idea era acercar la realidad de quienes vivían en la calle a la sociedad holandesa a través del arte. Para ello habían construido pequeñas casitas con palés y materiales reciclados donde artistas y personas sin hogar convivían, creaban y compartían experiencias.

Aceptamos…

Cada una ocupó una de aquellas casitas y durante casi tres meses vivimos inmersas en aquel proyecto. No fue una experiencia sencilla. La calle tiene sus propias reglas, sus complejidades y sus heridas. Hubo conflictos, violencia, trapicheos y situaciones difíciles. Pero también hubo humanidad, encuentros inesperados y aprendizajes que jamás habría encontrado en una academia.

Y fue allí, en medio de aquel parque holandés, dibujando y compartiendo espacio con personas de toda clase de historias y realidades, donde vendí mi primer dibujo:

Cinco euros.

Podría parecer una venta insignificante, pero para mí lo cambió todo. No era el dinero. Era la certeza de que aquello que nacía de mis manos podía emocionar a otra persona hasta el punto de querer llevárselo a casa

Desde entonces he pintado mucho, ha llovido mucho. He vivido en varios países, he seguido aprendiendo, he llenado cuadernos de bocetos, he pintado cientos de obras y mi camino como artista fue tomando forma poco a poco. Hoy mis pinturas viven en hogares de Canarias, Europa, Costa Rica, Estados Unidos y otros lugares del mundo. Cada una de esas ventas ha sido un pequeño acto de confianza, un puente entre mi forma de mirar la naturaleza y las personas que deciden convivir con una de mis obras.

Pero cuando miro hacia atrás entiendo que la semilla de todo lo que hago hoy empezó a germinar allí. Allí comprendí que el arte no era solo crear belleza. También podía ser encuentro, naturaleza, comunidad y transformación. Desde entonces ya no supe separar una cosa de la otra.

Quizá por eso, cada vez que alguien entra en la EcoGalería ArteCarina, en Puerto de la Cruz (Tenerife), se detiene delante de un cuadro y finalmente decide llevárselo, vuelvo por un instante a aquel parque de Holanda. Solo que ahora ese refugio está levantado con más de veinte años de trabajo, con el apoyo de mi familia, con perseverancia, con muchísimas horas de trabajo y también con una buena dosis de cabezonería canaria.

Y no hay día que no sienta gratitud. Gratitud hacia todas las personas que, desde hace más de veinte años, decidieron apoyar mi trabajo adquiriendo una pintura, una reproducción, un calendario o cualquiera de las pequeñas piezas que salen de mi estudio. Gracias a ellas puedo seguir dedicando mi vida a crear, investigar y compartir un arte profundamente conectado con la naturaleza, la biodiversidad y las personas.